La trayectoria del hombre de negocios a la Casa Blanca representa un terrible modelo para los líderes corporativos.
La campaña electoral de Donald Trump se llevó a cabo como una edición especial de “The Apprentice” — su programa de telerrealidad más conocido — en el que el ganador logra dirigir al mundo libre en lugar de un puñado de proyectos de la marca Trump. Tan interesante y preocupante como la pregunta de qué efecto pudiera tener un hombre de negocios sin experiencia política sobre la presidencia, es qué efecto pudiera tener el éxito del Sr. Trump sobre el liderazgo empresarial.
Su victoria tiene la apariencia de un retroceso al final de la década de los años noventa: el director ejecutivo de una cierta edad, blanco, con traje y corbata, diseminando clichés desde un podio. No es que este estereotipo hubiera realmente desaparecido, como es obvio al darles un vistazo a las salas de juntas corporativas estadounidenses, en donde sólo uno de cada cinco directores es mujer y, todavía menos, parte de una minoría.
Pero el ascenso del Sr. Trump a la máxima posición no sólo es un consuelo para los muchos ejecutivos que se parecen a él. “Es un hombre de negocios”, fue también un comentario introductorio común a la justificación de los votantes que lo apoyaron, tal y como lo reveló una muestra de entrevistas posterior a las encuestas. “Él es un hombre de negocios. Si alguien puede arreglar este lío, él es quien puede hacerlo”, le dijo Rodney Bridges a un grupo de periodistas en Carolina del Sur; “Él es un hombre de negocios, no un político, por lo que no hay mentiras”, comentó Cathy House, de Washington, en otra ronda de opiniones de los votantes; “Necesitamos a alguien que dirija al país como un hombre de negocios”, afirmó Joseph Baljak en Ohio.
Dejando de lado las cuestiones de si un país puede dirigirse como una compañía (realmente no se puede) o si los hombres de negocios han renunciado a decir una sarta de mentiras (realmente no lo han hecho), el culto del líder empresarial imperial claramente persiste en la imaginación popular. Uno de los aspectos más inquietantes de la elección del Sr. Trump es que es probable que su ascenso refuerce esta religión dentro de ciertas empresas que estaban empezando a superarla.
El liderazgo de arriba hacia abajo tiene su lugar. Un director ejecutivo que había heredado el puesto de un predecesor notoriamente autocrático recientemente me reprendió por sugerir que tales rasgos de liderazgo eran obsoletos. Por el contrario, me dijo, los ejecutivos siempre tendrán que ser capaces de ejercer un firme control, como en el caso de una crisis, por ejemplo. Pero él añadió que los problemas surgen cuando los líderes llevan la autocracia a los extremos. Incluso si el Sr. Trump templa sus peores instintos, o si el sistema político de EEUU se los controla y se los equilibra, el método de su ascenso ha dado un terrible ejemplo de liderazgo.
Gianpiero Petriglieri, de la Escuela de Negocios Insead, señala que el Sr. Trump no es un líder de modalidad ‘mando y control’ que sigue el molde de los genios empresariales como Steve Jobs o Henry Ford. Él más bien cae en una categoría de líderes narcisistas. Cuando estos líderes apelan al instinto tribal de que “nosotros somos buenos y ellos son perversos”, corren el riesgo de desencadenar fuerzas que son, según me dijo el Prof. Petriglieri, “muy difíciles de mandar y casi imposibles de controlar”.
Algunos rasgos narcisistas ayudan a los líderes a llegar a la cima. La confianza en sí mismos, la ambición, la extroversión: éstas constituyen la esencia misma de lo que hace a un candidato exitoso en “The Apprentice” y una porción crítica de la atracción superficial de un político a ojos de los votantes.
No es casualidad que “The Apprentice”, al menos en la versión estadounidense del Sr. Trump, haya generado más celebridades que se autopromocionan que ejecutivos exitosos. El formato, al igual que el de una campaña política del siglo XXI, anima a los candidatos a exagerar sus atributos a costa de sus rivales e incluso de los miembros del equipo. Un análisis de su aptitud técnica o de su capacidad para llevar a cabo un trabajo duro y sostenido resultaría en un programa televisivo aburrido, de la misma manera en la que Hillary Clinton descubrió que tales características desanimaron a numerosos votantes.
En dosis excesivas, sin embargo, el narcisismo puede obstaculizar la efectividad de los líderes e incluso incitarlos a tomar riesgos innecesarios.
Después de que una serie de directores ejecutivos se enfrentara al escándalo y al oprobio a principios de los años 2000, el apetito de las compañías por tener líderes con una imagen de “grandes hombres” pareció menguar. La atención académica se volcó sobre cómo se comportaban los grupos y sobre las virtudes más matizadas e integradoras de colaboración y de trabajo en equipo.
Pero el éxito del Sr. Trump ya está siendo incorporado en las guías de liderazgo y en los cursos de las escuelas de negocios. Seguramente tentará a más ejecutivos a emular su autoengrandecimiento como un atajo a la consecución del poder, mientras que descuidan el reto esencial, aunque complicado, de cómo liderar la organización una vez que obtienen el cargo. El escrutinio de inversionistas, directores, reguladores y medios de comunicación puede que identifique a estos principiantes líderes empresariales antes de que puedan causar demasiado daño. Pero algunos se colarán al nivel de la junta directiva. Otros jefes potenciales, menos similares al Sr. Trump en apariencia o temperamento, simplemente nunca tratarán de alcanzar esa meta.
Existe otra posibilidad, por supuesto: el presidente electo tal vez pueda controlar su enorme autoestima, cultivando una capacidad para una hábil delegación y una diligente gestión que satisfará el deseo de sus partidarios de tener un eficaz ‘empresario en jefe’. En su forma actual, sin embargo, eso parece ser una tarea monumental.

Fuente: http://www.diariolibre.com/economia/financial-times/pesimo-ejemplo-de-liderazgo-de-trump-para-los-empresarios-BY5463267
 
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